11/12/2008

Después de las consabidas veinte vueltas de rigor, conseguí aparcar el coche en una plaza de residente. Estaba cansado y confundido. ¡Será posible! ¿Por qué el viejo chiflado se quedó con mi copla? Debe de ser por algo que tengo en la cara. Siempre he tenido la sensación de que atraigo a los mendigos, a la gente que necesita preguntar una dirección, y a los timadores en busqueda de un primo. Y no me gusta, por que nunca he sabido si tomarmelo como un cumplido u ofenderme. No se si el projimo me ve como un "buen burgués" o directamente como un panoli. Nunca se me olvidará la vez que, siendo un adolescente, repostaba en la gasolinera con mi Ford cochambre Fiesta de quinta mano, y un motorista me preguntó si tenía cambio de cincomil pesetas, ya que por lo avanzado de la hora solo se servía importe exacto. Miré a mi alrededor y no pude evitar darme cuenta de que no era el único parroquiano repostando. Había otros dos clientes más y eran los orgullosos propietarios de un BMW y un Mercedes. Me dieron ganas de decirle al motorista: ¿De verdad crees que soy el que tiene más pinta de llevar cambio de un Carlos III? ¿O estas intentando quedarte conmigo?.
Tambien me siento perplejo cada una de las innumerables veces que, yendo de turista -plano y cámara en ristre- un indigena se acerca a preguntar por una dirección. ¡Pero tio! ¿Acaso no ves la pinta de guiri que tengo? Pues no. Parece que no se coscan. Y ya entrando en el terreno del timo, siempre sonrio al recordar el dia que saliendo de la M-30, un fulano me hizo señas para que parara. Su cara de angustia lo consiguió. Tuve que soportar una confusa explicación -esta vez el guiri era el- sobre que era un transportista que acababa de descargar en el cercano Corteinglés de Mendez Alvaro; y unas cajas de mercancía que habian quedado olvidadas en el camión. Naturalmente, debía reemprender viaje inmediatamente y quizá yo podría estar interesado...
Con un aplomo digno de mejor causa le corté el rollo.

¿Gratis?

Naturalmente me miró con una cara que decia: "¡Eh, que se supone que el timador soy yo!", y se deshizo en excusas balbucientes para despedirse con rapidez. Siempre me ha quedado la duda de si se trataba de una simple venta con descuento, o si había que seguirle a un apartado rincón para ver la mercancía, donde uno podía ser desvalijado con toda comodidad. Tambien me gustaría saber cuanto tuvo que esperar el improvisado mercader para encontrar un listo a quien perpetrarle el negocio.

Terminé estos pensamientos con un profundo suspiro. Y volví a pensar en que la peripecia con el viejo tenía algunos detalles extraños. Misterios sin resolver o expedienteequis. Para empezar, pese a haber compartido un buen rato con el tipo, me di cueta que era incapaz de recordar su aspecto. Sombrero negro con cinta de terciopelo, barba blanquísima y ricitos, el abrigo de buen corte, pero poco más. Por ejemplo, sus ojos cambiaban del gris claro al negro fondo de pozo, según miraran al horizonte o se fijaran en mis pupilas. El resto de sus rasgos se escurrían del ojo de mi memoria. Bueno, no todos. Estaba razonablemente seguro de que el viejo era bastante fornido. Suspiro.
Si no fuera porque es imposible, al menos un par de veces ha conseguido que hiciera movimientos en contra de mi voluntad. ¡Qué cosas tiene la mente! Algún truco de mentalista, seguro. Mentalista, técnicas de ”cold reading”. ¡Claro! La carpeta con los papeles del curro. De ahí ha sacado mi nombre, ha podido leerlo, seguro que lo ha leído. Por fin, la explicación racional. Pese a todas las apariencias, nunca falla.
Con una gran sensación de triunfo, alargué la mano para abrir la puerta del coche. Pero oí detrás de mí el cierre de una puerta antes de que pudiera abrirla. Algo andaba mal. Miré en el retrovisor y ahí estaba sentado el maldito viejo. Pegué un brinco en el asiento, bastante histérico.
¡SALGA DE MI COCHE! ¡FUERA, FUERA!

Caaalma en la barraca.

Y me tocó levemente en el hombro. Toda mi angustia e ira se hizo humo.
Aun así intenté resistirme.

No vuelva a tocarme.

¡Que carácter! Concédeme un par de minutos, después si así lo quieres no volverás a verme jamás.

Dos minutos.

Sabes quien soy. O al menos, lo sospechas. Eres curioso. No me digas que la posibilidad no te resulta fascinante.

Uy, si, fascinadito estoy. No se quien es usted. Si sospecho quien dice que cree que es; y eso si que me tiene fascinado. Vaya cuadro psiquiátrico.

Fue a decir algo pero se lo calló, tapándolo con una sonrisa. Una sonrisa cariñosa que me desconcertó.

Ya que vamos a ello, no entiendo que hace Su Divinidad entrándole a desconocidos en el parque para enredarse en cháchara, en lugar de establecer la paz en el mundo, terminar con el hambre o curar el SIDA. Pero en cualquier caso, ¿qué pinto yo en todo esto? ¿por qué yo? ¿qué es lo que quiere de mi?

Lo que quiere todo el mundo. Alguien con quien poder charlar. Soy nuevo en la ciudad como si dijéramos. Si te hubiera dicho que era un antropólogo o algo así, seguro que estaríamos todavía pegando la hebra.

¡Guaau! Me siento halagado, el Mismísimo valora mi opinión.

Eso sé que es sentido del humor, pero no resulta divertido...

Se llama sarcasmo, Su Divinidad.

Lo de “Su Divinidad” entonces también es sarcasmo.

Si pudiera me postraría de hinojos ante Su Percepción Divina.

Bueno, vale, ya he cogido la idea.

Pues está de suerte, porque yo no. Resumiendo: Si es Dios, no me necesita para nada. Si no lo es, no pinto nada andando con usted por ahí. Además, tengo un precio.

¿Qué precio?¿No te parece un poco rancio el regatearle a Dios?

Lo que sería es estúpido perder la ocasión. De todas maneras, el precio sólo tiene sentido si de verdad resulta ser una parte de quien dice ser.
Vamos allá, supongamos por un momento que lo soy. Tengo curiosidad por saber tu precio. Ahora comprobaremos si me he equivocado contigo. ¿Qué va a ser? Riquezas, poderes, vida eterna, ...

Me quedé un poco parado. Quizás el Viejo había acertado conmigo. Ni se me había pasado por la cabeza pedirle la vida eterna, supongo que por puro escepticismo. Respecto a los poderes y las riquezas, esta visto que no valgo para los concursos televisivos: soy de los que persiguiendo el coche, pierdo el apartamento y también el buga. Qué le vamos a hacer, sigamos adelante. De la necesidad, virtud. Me llené de suficiencia y continué.

Nada de eso. El verdadero poder está en la información. Quiero saber la verdad. O mejor aún, La Verdad. Quiero saber qué pasa después de morir, y quiero saber si hay un fin del mundo, un juicio final, el Armageddon, o lo que sea. Y cuando, claro. Y no me valen truquitos tipo genio de la lámpara. Ni respuestas paradójicas, ni malgastar el tercer deseo para arreglar los desaguisados derivados de los dos primeros.

No me estarás comparando con un engendro producido por la magia negra.

No comparo nada. Sólo quiero dejar muy claras las condiciones. Para que nadie pueda llamarse a engaño, lo que quiero saber es que me espera a mí como individuo con relación a la muerte; y que le espera al género humano. Si tiene una fecha de caducidad prevista; y cómo. Es sencillo.

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